Resumen
Durga Puja y festivales
Cocina bengalí y comida callejera
Herencia literaria e intelectual
Arquitectura colonial e historia
Arte y artesanía
Espiritualidad y herencia humanitaria
Calcuta es la ciudad india que más debate genera — desestimada por algunos como decadente y caótica, defendida con pasión por otros como el alma creativa del país. Ambos tienen razón. La antigua capital colonial británica lleva su arquitectura victoriana, gótica y art déco como un traje gastado que solo mejora con los años: el Victoria Memorial de mármol blanco brilla contra los cielos del monzón, el Writers' Building preside BBD Bagh con grandeza desmoronante, y el puente Howrah transporta 100.000 vehículos diarios sobre el río Hooghly sin un solo tornillo — completamente remachado. Pero la verdadera atracción de Calcuta no son los monumentos, sino la textura de la vida cotidiana. Paseos matutinos por el Maidan, desayuno de luchi y alur dom en un puesto callejero, tardes entre los libreros de segunda mano de College Street, adda al atardecer — el arte bengalí intraducible de la conversación larga y divagante con chai — y noches de teatro experimental o conciertos de Rabindra Sangeet. La comida sola justifica el viaje: la cocina bengalí es la más refinada de India, construida sobre aceite de mostaza, la mezcla de cinco especias panch phoron y pescado — especialmente hilsa, que los bengalíes tratan con la reverencia que los españoles reservan para el jamón ibérico. Durante la Durga Puja en octubre, la ciudad se transforma en una instalación artística al aire libre con miles de pandales compitiendo por las estructuras más espectaculares, convirtiendo Calcuta en el mayor festival de arte público del mundo durante cinco días.
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